Sí, a mí también me resulta abrumador enfrentarme a un texto de esta categoría: el resultado del trabajo de una inteligencia superior, una sensibilidad y una capacidad para el humor y para conectar las ideas que dejan a una sin respiración.
“¿Qué eres?”, se le pregunta en uno de estos relatos a un personaje de Las cosmicómicas.
Él responde: “un afuera; un afuera con dentro un adentro”.
Eso es, precisamente, de lo que hablamos cuando hablamos de este libro: de la forma y del contenido como una misma cosa.
En esta sucesión de imágenes bellísimas, el narrador improbable Qfwfwq —un alguien que existe desde el principio de todos los tiempos— nos guía a través de la historia del universo.
Nos dibuja una luna tan baja que se moja el vientre en el mar; un signo en la vía láctea; una cavidad primordial donde, al comienzo, andábamos todos apretujados y felices; un dinosaurio que camina solo y trata de ocultar su origen; un señor mayor que permanece en el agua a pesar de que su especie se haya acercado ya a la orilla.
Y, por debajo de todo eso, la humanidad.
El deseo de ser alguien —uno que sea uno—; de encontrarse un sentido y una manera de ser genuina e irrepetible.
El amor y los celos.
La toma de decisiones.
La certeza de que hay destinos esperándonos en los caminos que descartamos.
La necesidad de ser vistos.
El peso de la autopercepción.
La esperanza de ser descubiertos por quien nos sepa mirar.
Y el arte, también:
su origen dentro de nosotros mismos, la intuición y esa cierta dosis de narcisismo que han sido necesarias para ejecutarlo como lo que es: hacedor de destino, factor cambiante del mundo que conocemos, una forma de permanencia que quizá nos acerque a la inmortalidad.
De manera que sí: Las cosmicómicas supone un reto.
Pero devuelve tanto —y tan bien— que una no puede más que colocarse su escafandra y sumergirse en esa atmósfera fascinante, misteriosa y única que nos muestra enteros, como un todo que merece la pena comprender.


