La otra noche leía en una carta de Julio Cortázar a Marta Llovet y Jean Barnabé (B. A., enero de 1955), en relación con una suerte de vacaciones que Aurora Bernárdez y él estaban pasando en Argentina: “Vivo aquí un verano bastante irreal, rodeados de gentes a quienes quiero mucho y por las cuales he vuelto, pero que sin embargo no alcanzo a sentir plenamente corporizadas. El problema de la presencia y la ausencia es el verdadero drama del hombre”.
La presencia y la ausencia.
Como cuando, hace ya casi un mes, la mañana en que pisé por última vez la que ha sido mi casa durante cinco años —y qué cinco años, sinceramente—, la impresión vaga de estar allí y a la vez pertenecer ya a un lugar distinto me hizo, al despedirme de aquellas paredes, tener la necesidad de hablarme con una cierta crueldad. Para ver si lloraba.
«Aquí —me decía—, desayunabais churros los domingos por la mañana. A este jazmín lo has salvado de mil plagas y en este rincón poníais la trona donde aprendió a comer tu hija. Sus primeras palabras, su lengua de trapo, su cunita junto a tu cama, sus cuatro años de imaginación de niña pájaro. En esta silla tuviste que sentarte cuando supiste que estas embarazada de nuevo. Y allí rompiste aguas y allí, y allí, y allí también os habéis dicho te quiero».
Pero nada. Yo, que he sido siempre tan de lágrima fácil y pellizquito en el pecho, asistía a la caída del telón sobre una de las etapas más importantes de mi vida con absoluta impasibilidad.
Era, de nuevo, aquella Eli de diecinueve años de quien tanto se compadecían sus compañeros y amigos, el novio que tenía entonces, viéndola aguantar erguida, tiesa como un espárrago, frente al féretro donde el cuerpo de su padre —su cara, su cara— desaparecía para siempre.
Incapaz de romperme. Ni una, ni una sola lágrima.
Por ese entonces, apenas había salido de la adolescencia. Aún conservo en el pecho el eco de aquella culpa: mis zapatos de tacón, la música en una fiesta de fin de año, mi risa muda en la biblioteca. La vida que seguía, que seguía sin que yo sintiera la pena que debía sentir (?). Sin que sintiera, realmente, nada.
Pero entonces ocurre que en una mañana de camino al trabajo, el aleatorio hace sonar en el coche La vida secreta de las plantas de Stevie Wonder, o el Give a Little Bit de Supertramp, y la música y la luz y el sonido del motor me traen de vuelta a mi padre, sus manos al volante camino de la playa. Ocurre que Luis prepara sus primeras lentejas en casa y el olor y su silueta en la cocina, el modo en que remueve y vigila y se deja caer sobre la encimera despiertan aquel piso donde hicimos hogar, donde fuimos cuatro por primera vez.
«Hay que esperar —me digo, porque ya me lo sé—, hay que esperar».
Esperar a que en una de estas ocasiones en que la belleza o el arte o un texto hermano me remueven las tripas y me hacen llorar, al respirar, se cuele entre las rendijas de la emoción un poquito de esto y otro poco de aquello: un poco de todo cuanto, sin saberlo, me protegí de sentir.
Hace no demasiado tiempo leí —no recuerdo dónde— acerca de la experiencia que tuvo Freud al visitar Atenas. Parece que, incapaz de asimilar que todo aquello sobre lo que había leído y estudiado existiera de verdad, se disoció. Experimentó lo que él mismo catalogó de “un trastorno del sentido de la realidad”, la despersonalización de la que surge la duda de si lo que vemos es real, de si verdaderamente estamos allí.
La presencia y la ausencia.
A veces creo que ciertas emociones podrían volverme loca. Que hay porciones de la realidad donde jamás sería capaz de sumergirme sin anestesia. Sin un cierto bloqueo.
En el cuadro de luz de una casa existe aquello que se llama limitador de sobretensiones. En mi cabeza debe haber, como defensa, algún tipo de cortocircuito de protección. Una cosa temporal, una frialdad que dejará de serlo. Un deshielo progresivo para evitar el desbordamiento, para dejar salir con seguridad, cuando haya pasado el peligro, a golpe de música y poesía y cine.
La presencia y la ausencia.
Para llorarte, papá, de a poquito.




Maravilla. Muy identificada con el no sentir la muerte del padre para protegerse ❤️. Yo también lo lloro de a poquito y ellos nos cuidan desde arriba.