¿Me crees si te digo que ayer pasé la mayor parte del día convencida de que era domingo?
Ya sé que este correo te llega con veinticuatro horas de retraso, pero es que nuestro fin de semana nos ha dejado completamente aturdidos: podría decirse, sí, que logramos estirar los días y hacer en un par lo que en otra ocasión nos habría llevado cuatro o cinco. En resumen: viaje exprés a Valencia, un visto y no visto durante el cual pude presentar Un jardín oscuro (Binomio) en La Madriguera y dejarme la garganta animando a Luis, que ha corrido la media —proud—.
Pero no quería dejar de escribirte. No quería dejar de contarte que he leído La casa del callejón (Maria Messina, traducción de Ángeles De los Santos, en Periférica) y, a pesar de que para mí no ha sido un diez, sí que me ha dejado pensando. En la historia, por supuesto, y en sus personajes; pero, sobre todo, en un aspecto más formal.
Te cuento:
Me ha pasado en muchas ocasiones que la experiencia de disfrutar de un clásico conviva con la sensación de ñoñería o incluso puerilidad. Yo siempre he hallado la causa en la tendencia a sobreexplicar y en la renuncia a la elipsis que caracteriza a las novelas que, o bien responden a las convenciones estéticas de la época, o bien fueron pensadas para ser vendidas al peso. Claro está que el pacto de ficción, con un lector que ha sido educado en la narrativa audiovisual y del silencio, ha cambiado. Y que, por encima de un subtexto donde arraigó una cierta verdad universal y el corazón de tantos personajes de una riqueza psicológica abrumadora, lo primero que una se encuentra, como una barrera que es necesario atravesar, son un montón de andamios: aquello que un autor contemporáneo habría retirado antes de publicar, una suerte de anacronismo técnico.
Pero debe haber algo más. Si esta impresión de cierto infantilismo, que me ha llegado a provocar el mismísimo Dickens, me ha acontecido también al leer La casa del callejón, entonces debe haber algo más. Porque Maria Messina es, en realidad, una auténtica jefa de esta cosa que llamamos el showing, la elipsis y la capacidad de situar al lector sin necesidad de explicaciones lastre.
Existe, además, una cantidad considerable de novelas hipertróficas y masticadas, farragosas, cuyos autores, a pesar de lo prolijo del texto, supieron salvar el peaje de ese exceso de literatura.
Pienso, por ejemplo, en La Regenta, de Clarín. Pienso en doña Emilia Pardo Bazán. Pienso en mi amadísimo Henri Beyle —aka Stendhal—.
Pienso en todos ellos y, si trato de adivinar el porqué de que para describir sus obras me sea necesario buscar en el archivo un adjetivo que las sitúe en el extremo opuesto a la ñoñería, me encuentro con un ingrediente que nada —o casi nada— tiene que ver con la forma. Más que con el cómo, el elemento que hace enormes textos como Los Pazos de Ulloa, Insolación o Rojo y negro, está relacionado con el qué y el desde dónde. Lo que te cuentan y la mirada.
Asistimos, al leerlos, a una vuelta de tuerca magistral a los códigos del melodrama clásico: se acabó la búsqueda constante de la polarización moral y la intención de amplificar los sentimientos. Tu cuñado estaría encantado de poder decir que “ni los buenos son tan buenos, ni los malos son tan malos”.
De repente se abre camino una manera de contemplar y de entender al ser humano inteligentísima y lúcida. La ironía, con la que se armó doña Emilia para protegerse del determinismo de Zola después de haberle aceptado el bisturí del naturalismo, resulta ser un escudo estupendo contra la cursilería y la empatía desmedida hacia los personajes. Claro que los narradores toman partido —no seré yo quien niegue la existencia de un sesgo ideológico—, pero lo hacen alejados de la intención de inocular una emoción en su lector y con la esperanza de estimular —y así, sí— el intelecto.
Trata de imaginar el drama de Perucho —un personaje de Los pazos de Ulloa—a quien sus mayores emborrachan desde niño—, o la decadencia del marqués contados por un Dickens que les tiene lástima y que quisiera, y por eso lo exagera y te entrega la trama desprovista de anestesia, que también se la tengas tú.
Si te cuento esto es porque, ahora que está todo el mundo con el tema de La Velada del Año de Ibai —un evento digital, por si estás tan fuera como yo, donde influencers y demás personajes se suben a un ring para pegarse (fantasía)—, yo siento la necesidad de hacer de abuela cebolleta y gritar —en este, que es mi rincón en internet— que para duelo de interés, el que se produce a nivel intelectual entre el narrador de una obra y su verdadero autor. A mí ese gap me da la vida: la voz mentirosa, pretenciosa, malvada o desequilibrada de la que se vale un escritor —y que no tiene nada que ver con él— para contarnos una historia desde donde sea que quiera hacerlo.
Y por eso, porque creo que la construcción del narrador, el hecho de concebirlo como un personaje más en la obra, puede ser el toque que haga de un texto cualquiera un clásico inmortal, y dado que en la mayoría de los talleres contemporáneos se habla de esta figura como de un “mal necesario”, creo conveniente resaltar que la ilusión mimética no es el fin último de la narrativa. Que, frente a la invisibilidad, existe una tradición donde el sacrificio de la mímesis en favor de un narrador hiper-presente, polarizado o irónico traslada el conflicto al lenguaje mismo, convirtiendo la voz narrativa en el verdadero motor psicológico e intelectual de la obra.




