Siempre que un alumno o una alumna del taller de narrativa comparte conmigo el temor —tan común, por otra parte— a estar repitiéndose, la sospecha de que qurerer hacer algo nuevo es darse golpes contra la pared porque, en realidad, ya está todo escrito, mi respuesta consiste en señalar aquello que todos tenemos y que es verdadero y único: el lugar desde donde miramos y pensamos y hasta interpretamos la realidad.
La mirada es el mayor regalo que pueden hacerme un autor, un texto: la capacidad de habitar puntos de vista que serían, de cualquier otro modo, imposibles.
En Niñapajaroglaciar, Mariana Matija escribe que si ve como ve, si oye como oye, si siente con esa manera tan extraña y bella de sentir, es a causa de haber crecido donde lo ha hecho.
Compartirse de una manera tan generosa como lo hace en las páginas de este libro —que se ha ido directo a la balda de los favoritos—, ha sido como fabricar, digamos, unas gafas para mí. Las gafas de su sensibilidad. Las gafas con las que miraré ahora el mundo para disfrutarlo entero, para disfrutarlo distinto, para trascender mi naturaleza y, de algún modo, reafirmarla.


