Podría comenzar esta carta anunciando el principio de algo. Podría decir que es la primera de una tercera temporada. Pero qué significa principio y, sobre todo, ¿cómo voy a lograr, con una premisa tan gastada, llamar tu atención y asegurarme de que sigues ahí, leyendo?
Prefiero, entonces, ir al grano: he venido a cuestionar el uso de la herramienta que es, en realidad, la primera que enseño en mi taller a todo aquel que quiera contar una historia: la estructura narrativa.
Algo que me ocurre todo el tiempo —y, de verdad, estoy siendo sincera al decir que me pasa, aunque desde hace años alimento la sospecha de que el fenómeno depende de mí porque, de algún modo, lo fabrico— es que los libros me van llegando con aleatoriedad absoluta, pero perfectamente ordenados. Quiero decir, que aunque jamás he elegido mis lecturas —no, al menos, de forma consciente— siguiendo una temática o en busca de respuestas a las preguntas que algún otro libro planteó; aunque el proceso tiene más que ver con salir a pasear, detenerme a ojear cubiertas y dejarme entusiasmar por la prescripción de los libreros, al final sucede siempre que aparecen como en salvas, como disparos que rompen el silencio en honor a la llegada de una nueva obsesión.
Son preciosos, los libros, cuando hacen esto: trabajan juntos, discuten, dialogan entre sí.
Últimamente me han llegado varios que orbitan alrededor de una misma idea: la maleabilidad —¿ductilidad, plasticidad? Docilidad seguro que no— del tiempo. Libros que juegan a deformarlo. Lo ensanchan, lo aceleran, lo estancan. A veces lo hacen girar.
Leí Tsugumi, de Banana Yoshimoto —bastante bueno—, Homo irrealis, de André Aciman —bastante, bastante bueno—, Mammalia, de Elisenda Solsona —flojito, más bien mediocre y algo manido— y Principio, medio, fin, de Valeria Luiselli —tierno, inteligentísimo, brillante—.
Me encontré, en este último, con una reflexión acerca de la tendencia del ser humano a preguntarse, a tratar de entender en qué momento exacto de la historia se encuentra, a pesar de ser más o menos conscientes de pasar “la mayor parte de nuestras vidas corriendo a ciegas entre espacios y momentos, entre principios y finales”. Quizá, plantea la novela, no existan los principios. Quizá tampoco haya finales. Quizá vivir no sea más que juntar instantes.
“O tal vez necesito recordarme a mí misma, más a menudo, que esto no es literatura, sino una rebanada de vida”. Que no es preciso, se dice el texto, registrar cada instante, transformar cada evento en parte de la trama.
Y, en cierto modo, sí. Pero si lo leemos a la inversa, si le damos la vuelta: ¿No es, la literatura, precisamente eso? Una porción, una “rebanada de vida”.
Creo, y esto es lo que venía a contarte, que empiezo a intuir que todas esas señales que nos ponemos en el camino, a las que debemos hacer llegar el artilugio rodante que es el texto narrativo, no tienen, en realidad, nada que ver con la naturaleza —con el corazón— de la historia.
Trataré de explícame mejor: Que la estructura no pertenece a la vida que narramos, sino al artefacto que construimos para hacerlo. Que los puntos de giro, detonantes, etc., no son acontecimientos que las historias posean per se: su verdadera función es servir a la forma, reordenar retrospectivamente una materia viva.
Más allá de esto, y vuelvo a robar las palabras a Luiselli, “La ficción es todo lo que ocurre en medio, a la mitad de las cosas. Es todo lo que no veíamos, todo lo que pensamos que no valía la pena contar y que, sin embargo, constituye todo lo que alguna vez hubo”.
Puede que este sea el motivo de que, a algunos relatos, la imposición de una arquitectura casual llegue a robarles precisamente aquello que deseaban contar. A veces no es tan sencillo encontrar el momento en que comienza una historia. A veces no es posible armar el final. A veces la estructura se nos vuelve demasiado rígida, y la historia empieza a oler a cerrado porque con tanto hito y tanta pauta no hay manera de que entre el aire. De que el tiempo fluya con libertad.
Nacen entonces las historias sensacionalistas, artificiosas, literaturizadas. Nacen los principios explosivos, los giros a la fuerza, los finales sorpresivos y tramposos que me han llevado, alguna vez, a deshacerme de un libro.
Y nacen, en el lado contrario, historias donde el tiempo se hace más grande, historias que ocurren en el medio, historias cuyo único motor es el devenir de los días.
Algunas —Mi vecino Totoro, ahora que mi hija y yo estamos inmersas en un viaje a través de los mundos de Studio Ghibli, o Tsugumi, esta novela de la que te hablaba hace un momento— lo logran gracias al oficio: el ojo entrenado que sabe reconocer cuando una estructura no le sienta bien a la historia y se permiten elegir otra distinta —me refiero ahora al Kishotenketsu, pero no quisiera ponerme teórica—.
Otras parecen acercarse a la vida a través de los silencios.
Sea como sea, las narrativas que me importan son las mismas que a Valeria Luiselli: “las que intentan captar el paso del tiempo de un modo distinto, que intentan sentirlo con más agudeza en lugar de imponer sobre él trayectorias lineales y previsibles, narrativas con oídos que escuchan todas esas cosas que están desapareciendo, con ojos que saben ver y seguir cada uno de los hilos invisibles que nos ata”.
Aquellas, anoto yo, que comprenden el valor del tiempo. Aquellas que conocen el poder de una caricia para detenerlo. Que saben que una mirada puede contener un mundo y un silencio breve el origen de una vida entera. Narrativas donde quepa la contradicción, la posibilidad de atrapar siglos de historia en un abrazo a mis hijas que se me antoja, al mismo tiempo, dolorosamente efímero.
Tal vez este sea el motivo por el que he sentido alguna vez que en el taller no pasan las horas. Sucede un fenómeno extraño: cabe muchísimo dentro de las clases y, sin embargo, a mí se me hacen cortísimas.
Nos leemos.



