Te escribo desde la Fortaleza Bastiani, un puesto fronterizo al borde de una llanura a la que hemos llamado El norte. Me he sentado junto al teniente Drogo, preparada para alcanzar la gloria: lista para defenderme el día en que los tártaros crucen el desierto y se aparezcan, finalmente, frente a nosotros.
Me he instalado, digamos, en una suerte de pompa donde el tiempo acontece más lento. Adormecido. Y en este lugar en que me he detenido me dedico, además de a aguardar, a reflexionar sobre el estado de espera.
Lo que me pasa, realmente, es que me encuentro ahora, que estamos a punto de vivir la mudanza a la que parece —así la pensamos nosotros— la casa con la que hemos soñado durante años, inventando una vida nueva que comenzará muy pronto, una vida donde no queda ni uno solo de los problemas que ahora tengo o podría llegar a tener. Y como soy la señorita expectativas y también, muchísimo, la señorita control; como me he tropezado tantas veces, me veo ahora tratando de anticiparme a la caída y preguntándome cómo podrían, por poner un ejemplo, la llegada de un sofá o de mi tan esperado escritorio-en-el-torreón, arreglar el reflujo de mi bebé de tres meses o la preadolescencia indómita de mi hija de cuatro años.
Hago lo que siempre he hecho cuando florece en mí la semilla de alguna pregunta: me obsesiono, investigo, me pongo a leer. Y me topo, en esta ocasión, con un señor de quien —que me perdone— no había oído a hablar.
Daniel Kahneman, un psicólogo que en el año 2002 recibió el Nobel de Economía —que no se llama exactamente así, pero ahí no vamos a entrar— por haber sido capaz de introducir ciertos aspectos psicológicos en la ciencia económica. Este tipo —inteligentísimo, si me preguntas— va a ser recordado gracias a una frasecita que él mismo ha tenido la gracia de llamar su “máxima de galleta de la fortuna”: “Nada en la vida es tan importante como crees que es cuando estás pensando en ello”.
Que dicho así, ya lo sé, suena obvio y hasta un poco manido. Pero si le damos contexto, si lo enmarcamos dentro de su campo de estudio, el asunto gana profundidad. Si acercamos la máxima de la galleta al concepto de ilusión de enfoque, tal vez seamos capaces de entender la realidad que se sitúa más allá de la distorsión con que la percibimos, el sesgo cognitivo que nos hace caer en la trampa de maximizar la magnitud de las consecuencias, positivas o negativas, que el evento o el cambio que estamos esperando tendrá sobre nuestra felicidad, sobre nuestra vida.
Olvidamos, entonces, que una vez logrado el objetivo, una vez alcanzada la meta idealizada, las pequeñas miserias del día seguirán estando presentes en nuestra rutina. Enseguida comenzamos a desear cualquier otra cosa.
O sea que, seguramente, una vez instalada entre las paredes que con tanto mimo estoy preparando, las paredes con las que hoy sueño, me ocurrirá que la satisfacción lograda no habrá alcanzado la cuota que esperaba, y trataré de adivinar el porqué para poder, por supuesto, solventar el vacío.
O haré, de una vez y si es que me despierto lúcida y no premenstrual, el duelo de la completitud. Asumiré como buenamente pueda —con un poco de café y leche de coco, para acompañar— mi condición de ser deseante y me acostaré sobre el colchón del psicoanálisis para exculparme y dejar caer el peso de mi eterna insatisfacción, nada más y nada menos que en mi naturaleza humana.
Prefiero, más que ahogarme en el intento de sentirme plena, renunciar a esta ilusión y tratar de comprenderme desde la existencia de aquello que era para Lacan la falta estructural.
Si tienes hambre, te sacias comiendo. Si tienes sed, bebiendo.
Pero la falta estructural no hay quien la sane. No puede ser, si nuestro deseo es, en realidad, el deseo de desear las cosas. Si cuando pienso que seré feliz en cuanto alcance el “objeto a”, estaré obviando el hecho de que tal objeto no es más que la pantalla donde proyecto la posibilidad de sentirme plena. Una pantalla, por otra parte, capaz de desplazarse en el momento mismo en que alcanzo el foco de mi deseo.
¿No es esta una explicación más que plausible, no ya para la inconformismo crónico, no ya para la inquietud que me escupe al teclado todas las mañanas: para la luz melancólica, alegre y triste, que atraviesa la vida de quienes viven y respiran a través de la nostalgia?
En la introducción a su colección de ensayos Homo irrealis, André Aciman cuenta que, tratando de encontrar la fuente de esta emoción —hacedora de recuerdos, editora del pasado— que atraviesa sus textos, llegó a la conclusión de que ese casi echar de menos, eso que podríamos llamar morriña, no podía haber nacido en Egipto, donde nació y vivió la primera etapa de su vida, pues allí se recuerda siempre con el exilio —y el deseo del mismo— pisándole los talones. Tampoco Europa podía ser la fuente de sus nostalgias: la Francia que él había inventado no tenia nada que ver con lo que encontró al llegar allí.
Se le ocurre entonces que, quizá, lo que él realmente echa de menos es el momento de transición. El estado de espera. Un París que solo existió mientras lo soñaba, aún en Egipto. Echa de menos el futuro que inventó y el pasado en que lo inventaba.
Yo soy capaz de llorar cuando una canción o la luz sobre el Veleta o la llegada del otoño me recuerdan aquel momento de hace seis años, cuando aún Granada era el futuro y, aunque ya la habitara, una fantasía romantizada.
Publicar con una editorial tradicional no me ha hecho nunca tan feliz como cuando aún no era más que aquello con lo que soñaba.
Reducir las horas que dedico a la medicina —ese otro trabajo del que apenas hablo— para ganar tiempo de escribir y leer y estar en casa nunca me hizo disfrutar tanto como cuando imaginaba cómo sería esta manera de vivir.
Los estados de espera tienen eso, ¿no?
El poder de la imaginación. La ilusión del mañana.
El saber que a mi casa nueva, tal y como es hoy, cuando aún la estoy inventando, la echaré de menos dentro de unos meses: cuando viva en ella.



