Hace unas semanas vi la película Qué vemos cuando miramos al cielo, de Alexandre Koberidze. Si te da por buscarla, comprobarás que está catalogada de comedia romántica, la historia de una pareja condenada a no encontrarse nunca.
Pero qué va. Ya te digo yo que lo que aguarda detrás del título es un pedazo de drama, la vida misma.
La película cuenta, bajo una luz como de fábula, un hecho fantástico, imposible, de los que no ocurren nunca o, de ocurrir, lo hacen solo una vez. Al final, cuando los protagonistas comienzan a alejarse, el narrador —que lo hay— se pregunta el porqué de que la mayoría de los autores elijan, para sus relatos, historias como esta si, de tan concretas e improbables, deben ser inútiles para el mundo, para la humanidad.
Pero pasa que, mientras me contaba su historieta increíble, ese mismo narrador me hablaba —¿sin ser consciente de ello?— del amor.
Quiero decir: que detrás del motivo, como por debajo del texto, hay siempre un algo etéreo e impronunciable. Algo sobre lo que no es posible decir —escribir— una sola palabra, pues el solo intento las vacía, las infla, las aleja del suelo: acaba una dándose cuenta de que necesita anclarlas a lo cotidiano, a la taza y el cigarro y los zapatos rotos.
Pero Monet lo explicaba mejor. Cuando confesaba querer reproducir l’enveloppe, “lo que hay entre el motivo y yo: la atmósfera, la luz, las vibraciones del color”. Cuando quitaba valor y significado al motif.
Monet se alquiló, entre 1892 y 1894, una habitación frente a la catedral de Ruan con la intención de pintarla más de treinta veces. Deseaba, no respetar los detalles arquitectónicos, sino capturar un fenómeno puramente óptico y transitorio. El templo era siempre el mismo; la luz, el polvo, la niebla, no.
Pretendía, entonces, pintar lo imposible: el tiempo efímero, la atmósfera, lo que había entre la piedra y él.
Se me ocurre que el arte debe ser, precisamente, algo como eso: el intento y la manera de materializar —¿?— lo intangible, lo que no se ve ni se puede nombrar. Dar, por decirlo de algún modo, cuerpo a lo incorpóreo o, al menos, dibujar su silueta en el aire. Despertar una intuición.
Más que decir: abrir diálogo.
Más que respuestas: espacios de pensamiento. Paréntesis como prados donde tumbarnos a pensar.
Y ahora aparece alguien —siempre, siempre lo hace—: la típica, el típico artista de pecho hinchado y barbilla en alto que asiente frente al texto y anuncia que siempre lo ha sabido, que nunca ha dudado del deber de su obra de transmitir un mensaje. Uno —si me apuras— que ni siquiera le pertenece: los de verdad somos esto, ¿no?, vehículos de algo más grande.
Hace tiempo que dejé de comprar este discurso. En algún recodo del camino, decidí que renunciar a la pose y la romantización del oficio era, realmente, una manera de honrarlo.
Nadie me dicta los textos desde allá arriba. Nadie —ya lo siento, señor Cortázar— los elabora y les da vida y les hace llegar hasta nosotros en el momento justo en que hemos decidido ponernos a trabajar. No existe esa verdad que me habita sin yo saberlo y que se vale de mí para llegar al resto.
Mis novelas, mis relatos, esta carta que te escribo no son más que yo misma tratando de descifrarme, peleando con el lenguaje, moldeándolo a mi manera para armar el artefacto. Después, si se deja, trataré de sostenerlo, contemplarlo y encontrar, entre sus vértices, un pedacito de cualquier cosa.
Pero si cierro una trama, si logro decir —de verdad, decir—, contarlo todo, entonces me doy cuenta de no haber dicho, realmente, nada.
Si el artefacto me sale rígido e incuestionable: ¿qué espacio queda para la intuición?
Vengo —pero interpreta tú lo que quieras— a defender, por encima de cualquier otro aspecto, el silencio y la ambigüedad.
Vengo a subrayar con esmero el poder de la novela El bigote, de Carrère, para cuestionar la identidad a través de una ambigüedad ontológica y existencial.
A aplaudir la destreza y la sutileza con que la película La buena letra, de Celia Rico —adaptación de la novela de Chirbes— fractura la realidad y abre caminos sombríos que serán transitados por la culpa, los celos, el amor, la compasión. El modo en que trata de entender los grises del comportamiento humano valiéndose tan solo de la ambigüedad moral y política de unos personajes que actúan sin decir palabra, de una historia pequeñita que encierra —que libera— una suerte de zumbido que no emite sonido alguno.
Vengo a decirte que lo que un buen relato quiere contarte no es, ni por asomo, lo que te está contando.
Y a invitarte a mirar debajo, siempre debajo del mantel.



