En el comienzo de la Eneida, al mismísimo principio de la historia, en pleno naufragio de unos hombres cansados, que han perdido tanto y que se han quedado sin patria, Eneas saca fuerzas de donde no recordaba tenerlas y les lanza aquel verso: “Forsan et haec olim meminisse iuvabit”; “Quizá llegue el día en que recordemos con dicha estos males”.
Hace unos cinco años, antes de haber conocido a Virgilio y a Eneas, la tarde de antes de volver al trabajo después de nacer mi hija —cinco meses después, define crueldad—, cuando aún parecía que se acababa el mundo y que la niña jamás se engancharía a un biberón, escribí en mi agenda: “Algún día, este será el pasado al que desearás volver”.
Cuando terminé la agenda, arranqué la página. La frase me acompaña desde entonces.
Supongo que la escribí desde la esperanza, confiando a ciegas en el poder de mi temperamento nostálgico para transformar el recuerdo.
Olvidé, creo, aunque lo recupero ahora, que desprovista de esa morriña mía, esa tendencia a convertir el pasado en mi verdadero hogar, aún me quedaría la herramienta infalible, la única con la capacidad de hacer, de cualquier momento oscuro, algo tolerable —si no un lugar donde volver—: la narrativa.
Escribe Valeria Luiselli en Principio, medio, fin: «La narrativa, entendida simplemente como una serie de sucesos distribuidos en un orden temporal, nos permite moldear la experiencia y darle sentido. Pero hay muchas formas posibles de ordenar los sucesos en el tiempo, y cada forma de ordenarlos produce un significado distinto. Hay narrativas que nos ayudan a capturar las cosas que de otro modo se nos escaparían; narrativas que opacan y borran; narrativas que nos hunden en las versiones más oscuras de nosotros mismos y de los demás; y hay narrativas que nos redimen y nos ayudan a articular la experiencia de forma más plena, más luminosa».
Hay narrativas, y narrativas. Todas, sin embargo, poseen la misma gracia. Todas son, de algún modo, hacedoras de puntos de vista. Hacedoras de la realidad.
Construimos, con lo que tenemos, el relato. Construimos nuestra propia identidad.
Y, para hacerlo creíble, preparamos el coagulante con esmero, nos apoyamos en conexiones insospechadas. Tiramos, siempre que podemos, de causalidad.
Yo quería —y quiero aún—, para lograr explicarme —para dejar por escrito el porqué de que al volver a Málaga e intuir la silueta del lugar donde, trabajando, me sentí tan infeliz y lejos de donde debía estar, en lugar de esa tristeza a mí me dé por recordar la luz de mi piso, el olor a sal, alguna tarde en la playa; o por qué Tsugumi, la protagonista de la novela de Banana Yoshimoto, se extrañe de sí misma haciendo amistad con un perrete, “si yo soy una persona mala”—, valerme de un librito que me acompañó este verano: El buen relato, que contiene una serie de conversaciones entre J.M. Coetzee y la terapeuta Arabella Kurtz sobre la verdad, la ficción y el modo en que recordamos. El libro en cuestión, sin embargo, aún anda, en el momento en el que escribo, perdido en la última —¡la última!— caja de cartón.
Una mudanza tiene sus cosas y, en este caso, lo que podría haber sido un contratiempo se ha convertido en la guinda del pastel: voy a tirar, porque no me queda otra, de memoria. Voy a tirar de recuerdos.
Lo leí durante el mes de julio, bajo un jazmín que ya no me pertenece. Leía a ratos, al amanecer, cuando la bebé dormía y estar sentada allí se sentía como tener los pies enterrados en la hierba verde de algunos pueblitos de los Alpes. Pero seguro que hacía calor. Seguro que lo que recuerdo es mentira.
Lo leí durante el mes de julio y —juraría— asintiendo a cada página con el entusiasmo de quien asiste a un discurso en el que se reconoce: la duda genuina frente a la existencia de una verdad estricta, la necesidad de narrarnos para ordenar el caos y hacer, de la llamada realidad, un lugar habitable.
La defensa de Kurtz —gracias, gracias— de esas historias que nos contamos y que son, después de todo, lo único que tenemos.
Pero no basta. No basta.
Para vivir, tal vez. Pero para hacer literatura, y en este punto prefiero apoyarme en la postura de Coetzee, decido, para empezar, sospechar del autobombo y de cualquier texto que parezca haber nacido por encima —por debajo, realmente— de las exigencias de la creación literaria. Rechazar, como autora, la tentación de escribir(me) buscando un efecto terapéutico, una suerte de confesión sanadora.
Elijo el desapego de la memoria, la voluntad para no convertir una herida en material hasta haber cicatrizado.
Por eso, para eso, la teoría. El maletín de herramientas. La estructura, la voz, la distorsión del tiempo.
Por eso, aprender siempre. Estar alerta. No permitir que al trabajo se lo coma el yo.
Veo, cada día, cómo historias que prometían se edulcoran, se justifican a sí mismas, se echan a perder.
Y veo, en el taller, cómo trabajando la distancia, enfriando la vivencia y tratando los recursos como lo que son, se logra alcanzar el rigor que el oficio exige.
Si interpreté mal a Coetzee, si leí alguno de los textos que aquí menciono en una clave distinta a la mirada bajo la que fueron escritos, me agarro a las palabras de André Aciman: “Lo leí así porque necesitaba interpretarme a mí mismo”.
Añado yo: porque necesitaba construirse.
Te leo.



