Algo que me ocurre con frecuencia: reconocer en una melodía ciertas sombras, una reminiscencia de alguna otra con la que comparte las notas y la manera de combinarlas. Una canción que, pudiendo ser posterior a la primera, para mí es más antigua, porque la escuché primero. Hasta hace nada, esta búsqueda de ecos era un juego solitario. Pero desde hace menos de un año, cuento en mi equipo con un fichaje espontáneo: mi hija mayor ha saltado al campo sin necesidad de haber sido convocada —qué suerte, qué suerte, Pipi, que nos tengamos—.
Sentadas junto a una mesa cubierta de fotografías y tickets, tijeras y pegamento, en plena fabricación de lo que es nuestro libro de recuerdos, la maquinaria de la memoria involuntaria me escupió la banda sonora de alguna de las películas del estudio Ghibli y, sin darme cuenta, comencé a silbar. A town with an ocean view, esa era la canción. Mi niña, sin embargo, sonrió con sus ojitos de ratón y dijo:
—Yo sé qué canción es esa. La que te cantaba tu padre cuando eras como yo.
La vida secreta de las plantas, de Stevie Wonder. Y, lo más alucinante: coinciden. Al menos, las cuatro o cinco primeras notas; si las silbas, si las tarareas así a la ligera, te darás cuenta.
Esta resonancia, este —¿cómo llamarlo?— tropezón con las voces ajenas, no es algo sobre lo que escriba hoy por primera vez. Si llevas tiempo leyéndome, seguramente te habré contado aquello de que una vez describí una escena sombría en la que a mi protagonista la iluminaba un único haz de luz diciendo que la ventana entreabierta dibujaba, en aquella penumbra, una suerte de Rembrandt. Que me enorgullecí de mi ocurrencia y me caí de boca al descubrir, durante una relectura de Rayuela, que la metáfora genial se la había robado a Julio Cortázar. Y que, años más tarde, descubrí que él se la había copiado al mismísimo Proust.
Ninguna de estas apropiaciones, sin embargo, debió ser voluntaria. ¡Ninguna debió ser siquiera consciente! En la convicción de que ya está todo escrito, y en el hecho de que lo único que un autor tiene para aportar es su propio punto de vista, baso mis clases y gran parte de mi trabajo. Pero el caso es que me ha vuelto a pasar, y quería darle otra vuelta a la tuerca —participar, date cuenta, con un nuevo point of view—.
Fue en la calle Arenal, en Madrid, en la casita museo del Ratón Pérez. Llevamos allí a nuestra hija, que está convencida de que la gran suerte de que su madre escriba es que el señor Pérez nos haya obsequiado con una bolsita de polvos mágicos con los que convertirnos en ratonas y, cada noche, con los ojos cerrados y un esfuerzo imaginativo, hacerle de ayudante a él, que tiene siempre tanto trabajo. Yo no sé si te imaginas lo orgullosa que me siento de esta aventurilla nuestra; de haberla inventado para ella y para mí. Y la sorpresa, ¿desagradable?, que me supuso darme cuenta de que la idea original no es mía, porque pertenece al cuento Ratón Pérez —protagonizado por el Rey Buby, aka Alfonso XIII— de Luis Coloma, que yo ya había escuchado en otra ocasión.
El primer jarro fue de agua fría, para qué mentir. Un golpe de pesimismo al darme cuenta de que «Todos nacemos originales y morimos copias». Claro que esta idea tampoco es mía. Se la he robado a Jung. Pero del derrotismo hay que intentar regresar siempre, y el único camino que conozco para ello es la lectura. Buscar, una vez más, lo que dijeron otros.
Me he topado esta semana con una serie de conceptos. La intertextualidad —aquello de que ningún texto nace de la nada—, la criptomnesia —ese olvido traicionero que nos hace creer que una idea vieja es un invento propio— y aquel otro que me resulta fascinante: la antropofagia cultural. Una metáfora que propuso el movimiento modernista brasileño, allá por 1928, para describir cómo los artistas locales absorbían las vanguardias y, ojo aquí, las transformaban en algo propio.
Ya lo sé. Se trata de una idea controvertida. Soy consciente de haberme plantado a las puertas de un jardín importante. Pero no voy a entrar. Tan solo déjame rescatar el término. Antropofagia cultural. De lo que se come, decía mi abuela, se cría.
Es tremendo. Es optimista. Es puro Borges.
Este señor inteligentísimo tenía la gracia de enorgullecerse más de lo leído que de lo escrito. Yo de repente tengo la impresión de que mis lecturas, todos los qué y los cómo, las formas y los contenidos que rezuman en mi teclado —ojalá, ojalá poder escribir a pluma, pero qué va— a la hora de escribir, constituyen un currículum, un colchoncito, una forma de mejorar el discurso con el que trato de camelarme a los personajes de mis novelas y mis relatos. Les miro de frente y les ruego: dadme vuestra historia, ponedla en mis manos. La única manera que conozco de convencerles para que pongan su historia en mis manos es esta, mostrarles de dónde vengo, que construí mi imaginario así de bien.
Siempre espero que funcione. Espero que confíen en mí tanto como yo creo en ellos. En la posibilidad de que sean sus vidas, alimentadas de todo cuanto yo leí, quienes me ayuden, con un poco de suerte, a deshojar el mundo. A vislumbrar durante un instante alguna sombra de una historia primigenia, la verdad de la vida de un hombre o una mujer.



