
No quiero entrar en la discusión —ya tan manoseada— que se ha ido formando alrededor de la literatura del yo. ¿A favor o en contra? ¿Qué más da? Si se trata de un debate falso. Si lo único que me importa de un libro es que me haga preguntas, que me mueva el suelo o me cuente una buena historia. Si, realmente, se me antoja de una malísima educación preguntar a cualquier autor si esto o aquello ocurrió de verdad…
¿Hay algo más que debamos pedirle a un libro —sea autoficción, autobiográfico o ficción pura— que el hecho de que esté bien ejecutado?
A mí Pol Guasch me gusta. Disfruto leyéndolo у escuchándolo hablar. Hay en él una lucidez, una capacidad para relacionar conceptos y para sentir -y saber qué se está sintiendo— que me interesa mucho.
Por eso contaba con disfrutar de Reliquia. Y, a ratos, sí.
Pero a ratos… ay.
Encuentro al narrador demasiado cerca de la experiencia. Demasiado cerca de la palabra que es, en realidad, una herida que no pretende tnada más que sangrar.
He pensado mucho en Marcel Proust, en Annie Ernaux, en Marguerite Duras. En la manera en que elaboran el texto, lo decantan y lo enfrían hasta lograr una distancia en la que el dolor deja de pertenecerles: el yo que escribe ya no coincide con el yo que vivió.
Aquí, en cambio, tengo la sensación de que la emoción sigue operando dentro del texto. Que, aunque esté contenida, sigue empujando desde dentro. Y que el hecho de que yo intuya ese control puede deberse a que no está del todo logrado.
Creo que dentro de este libro existe un relato excelentemente calibrado, pero que aún deja ver la presión emocional de la que nace. Y que, en alguna ocasión, se ha pretendido que la intensidad de la experiencia sostenga lo que la forma no termina de resolver.
Es complejo lo que ha querido hacer. Y bellísimo el resultado, también.
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